Nadie sabrá nunca que habría pasado, pero desde luego el enfado del FC Barcelona tras el error arbitral contra el Valencia es justificado. Aunque es entendible que los colegiados cometan errores, no son lógicos fallos de tal magnitud. La imagen de la frustración azulgrana fue Leo Messi, que perdió la esperanza por momentos.

Porque instantes después de la jugada, el argentino estaba celebrando una diana que casi acaba en un gol en contra, al reaccionar los futbolistas locales a la pasividad del trencilla. Desde la defensa 'che' arrancó un contraataque que acabó con un disparo desviado de Simone Zaza, pero las consecuencias pudieron ser mucho peores.

La incredulidad de Messi quedó patente al ver lo que estaba pasando, y después de un gesto de contrariedad se fue raudo a preguntar al asistente. Apenas pudo enfrentarle mientras el cronómetro seguía corriendo, pero sí lo hizo al descanso. El '10' acompañó a Iglesias Villanueva y José Enrique Ramos, el juez de línea que falló en su colocación, hasta el túnel de vestuarios, y con una sonrisa en la cara atendió a unas explicaciones poco convincentes.

Decepción final

Quizá entonces no era consciente de lo complicado que podía ponerse el partido, y lo vio con el paso de los minutos. Al final salió de sus botas una asistencia salvadora, pero el silbato definitivo devolvió a Leo a la realidad. Se le había escapado de entre los dedos una ventaja que podía ser decisiva, para el duelo y para LaLiga.

Fue entonces cuando volvió a discutir con Iglesias Villanueva y su asistente, esta vez con un semblante más serio. Los dos árbitros escucharon sus quejas y observaron sus gestos indicando como había sido la jugada, pero ya no había nada que hacer. Ni ventaja, ni gol, ni tres puntos.